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RETROSPECTIVA: Colosseum (1968- 1971 y 1997-2015)

 Cuando a finales de los años 60´s comenzó a crearse el germen de la “música compuesta” que no simple, el concepto amplió horizontes impensables hasta el momento. La simpleza del rock & roll no dio más de sí. Si ese género aspiraba a tener un reconocimiento fuera de ser un juguete entretenido de adolescentes y jóvenes malotes y a ganarse un respeto e interés en el mundo de las artes sonoras, debía articular un proyecto diferente. 



Los músicos de jazz y los clásicos más atrevidos miraban con desdén ese estilo superficial creado en los años 50. Es el caso de Colosseum la banda que nos ocupa. El rock nació con los de mi generación, pero lejos de ser esa pretendida leyenda de rebeldía antisistema y otras chorradas similares, su única y real función fue la de divertirse, beber y follar. Fue la excusa de aporrear una guitarra y una batería. Nada más. Su pretensión no fue otra. El jazz de los años 20 partía del mismo concepto. Había que evadirse y a ser posible olvidar las miserias del pasado siglo que fueron muchas y variadas. La historia tiende a dar a las tendencias artísticas un valor del que carecen. La mayoría de las cosas que a los historiadores y aspirantes a periodismo antropológico les parecen “gran cosa” o algo profundo y significativo tienen su origen en algo mucho más simple y frívolo. La gilipollez de la modernidad. Si lo pensamos fríamente todo arte a partir del siglo XX es una astracanada donde la vulgaridad es el motor principal. La “seriedad” entendida como base social desaparece en el siglo de los avances. Esto afecta a todo. Al arte, a la música, a la literatura, a la arquitectura y al cine y la tv como último disparadero de la verbena pseudo-intelectual argumental. Pero somos hijos de los tiempos estúpido-modernos y quizás alguno en profunda reflexión filosófica deberíamos haber nacido en otras épocas, no mejores desde luego, pero sí más reflexivas y sin los móviles y sin los vómitos y cagadas de la red social. El rock nace de la superficialidad como un moderno circo romano como tantas artes de las últimas décadas y ello sirve para olvidarnos de nuestra condición del absurdo de la vida y de que en realidad nada es importante.


Afortunadamente llegado a un punto, se pensó que el rock sería más interesante si se mezclaba con el jazz, la clásica, el blues, el folk tradicional y algún aditamento más que fuese al menos algo inteligente y por consiguiente entretenido. Lo entretenido sería el leitmotiv de los tiempos actuales, pero siempre con irregulares resultados. El rock progresivo sería a posteriori una inexacta etiqueta para determinar que el oyente utilizase algo la cabeza en la escucha. Pero había que llamarlo de alguna manera. Colosseum fueron músicos forjados en esos tiempos de probatinas y estilos. En la mayoría de los casos los aficionados a la música o “diletantes” gustan de cosas que lo de menos es “entenderlas”. Lo jocoso de la llamada música moderna y por supuesto lo más divertido es la distancia entre ser músico y ser melómano. El que crea y el que lo oye. Antiguamente la música no se hacía para el pueblo sino para entretener a reyes y señoritos que por supuesto no tenían ni idea, pero pagaban. El siglo XX cambió las reglas y la música llegó hasta a los más tontos y los más limitados. Buena noticia. Ya en el siglo XXI actual ni siquiera hace falta saber tocar un instrumento ni saber cantar. Ni saber pintar. Ni saber escribir. Ni saber leer. Eso es irrelevante. Pero lo mejor de todo es que un pedo hecho con un sintetizador se considera obra maestra.


Bromas aparte, no es el caso que nos ocupa. Colosseum fueron músicos cultivados en plena encrucijada de creatividad. Nombres como Dave Greenslade, Jon Hiseman, Dick Heckstall-Smith, Tony Reeves, Dave Clempson, James Litherland, Mark Clarke o Chris Farlowe marcarían buena parte de la música británica durante los inicios de la década setentera. Todos formaron parte de bandas pivotales en esos años de locura creativa. En realidad, fueron la primera banda de jazz rock europea con un fuerte acento de blues rock, género importado de los USA que ellos supieron darle la peculiaridad británica y con un potentísimo solista a los vientos y metales como Dick Heckstall-Smith. Fueron una banda fugaz, pues si prescindimos de las habituales reuniones y reencuentros ya canosetes y talluditos con algunos lives sueltos su andadura no llegó a tres años de existencia y tres vinilos editados más un live doble del 71. Suficiente para la leyenda. “Those Who Are About To Die Salute You” (1969). “Valentyne Suite” (1969). “Daughter Of Time” (1970) fue el legado en estudio. Todo muy rápido. Con posteriores remezclas y recopilaciones o ediciones diferentes según fuesen en USA o UK. Tan como salían los discos en esa encrucijada entre las dos décadas sagradas. Fueron una máquina de hacer música y sus formidables composiciones estaban llenas de solos de saxo, de órgano y la tremenda guitarra wah wah de Clempson. Breve andadura la de esta banda pero intensa. 


Luego sus ramificaciones serían Atomic Rooster, Humble Pie, los propios Greenslade o la segunda parte llamada Colosseum II montada por Jon Hiseman pero hacia un jazz-rock más frío y convencional como marcaba la tendencia del momento histórico. Vale la pena que los más jóvenes o los que con los años os habéis ido integrando a esta secta nuestra de destalentados y cabralocas del mundillo musiquero le echéis un vistazo al asunto. Si no tampoco pasa nada. La cría del caracol filipino también puede ser interesante y con menos estrés.

Alberto Torró










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