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LA ESCENA DE CANTERBURY 9: Hatfield and the North

 Entre 1972 y 1975 las idas y venidas, entradas y salidas serían la constante y las piezas sueltas de los músicos desperdigados del panorama se juntaban para tocar, probar ideas y cuando había suerte y principalmente algún presupuesto económico: grabar un álbum. 



La primera super - agrupación de Canterbury serían Hatfield And The North o lo que es lo mismo Dave Stewart como teclista, Richard Sinclair como bajista y voz, Phil Miller a la guitarra y un llegado desde las bandas Delivery y Gong sacudiendo la batería llamado Pip Pyle. La alegría y constancia como es costumbre en esta gente daría solamente para dos discos: el homónimo “Hatfield and the North” de 1974 y el “Rotters Club” de 1975. En un principio en la banda estarían Steve Miller y poco después David Sinclair junto a su primo. Antes de renombrarse Hatfields actuarían como Delivery como una reforma de dicha banda de blues rock y jazz hasta que los cambios de personal dejan los miembros mencionados al principio. 



La avispada compañía Virgin como adalid de actualidad y modernismo se fijó en ellos y aposto fuerte en la promoción de su primer vinilo. Paradójicamente esta compañía del hoy multimillonario Richard Branson se hizo de oro con el Tubular Bells y menos mal porque en otros casos asumieron un riesgo que fue ruinoso. El Tubular fue un caso extraño de éxito inmediato en todo el mundo. Que una sinfonía moderna y relativamente compleja de un tío de 19 años llegase a vender millones de copias en todo el planeta fue una peculiaridad única en toda la historia de la música moderna. Nadie había conseguido meter a nivel comercial una pieza de 50 mtos de duración y que el éxito fuese tan apabullante. Hoy sería impensable. 



No tengo duda de que interesa que el coeficiente intelectual de hoy no pase de 70 y a ser posible que sea inferior en torno al 20 que es la meta perfecta a conseguir en todas plataformas digitales. La discapacidad cognitiva asegura negocio y esto llevan años estudiando y promoviéndolo con excelentes resultados que pueden comprobarse a diario con alegría entusiasmo. La discapacidad intelectual absoluta a nivel global es el fin último del poder mediático. En los años 70  incluso antes había mucha más cultura musical que ahora. Hoy debido a las redes sociales la cultura se evita a toda costa. 



No es bueno para cualquier negocio tecnócrata liberal que la gente piense y tenga criterio propio porque luego votan a la izquierda y dejan de ser esclavos sumisos y manipulables.

Volviendo al tema desgraciadamente y en parte previsible, el primer disco de los Hatfield fue un fracaso de ventas al igual que el segundo. Aparte de la inestabilidad a nivel de los integrantes hay que añadir la ruina económica por lo que la separación y ruptura de la banda estaba más que justificada. Cualquier cosa en música que necesite atención y una escucha repetida no es un producto vendible salvo para gente con una buena base y cultura musical. Esto siempre ha sido así. Al igual que la comida basura que es un negocio redondo la música ha de tener una fácil salida comercial. Entre un elaborado suquet de pescados y mariscos regado con reserva de rioja graciano y tempranillo y una atractiva y grasienta hamburguesa XXL con lata de cerveza industrial, el 90 por ciento comerá y beberá lo segundo. También es más barato evidentemente. No seamos tan exquisitos.

Yo tuve la suerte de conocer a Pip Pyle en Zaragoza cuando tocaron los National Health en la discoteca Liverpool del Camino de las Torres entre 1978-79. No recuerdo la fecha exacta. Pyle llevaba la mano derecha lesionada y yo participe en fastidiársela más si cabe al dársela y apretar demasiado. Se debió acordar de mi madre. Nos tomamos algunas cervezas y mi entonces amigo de batallitas Gonzalo de la Figuera le hizo una entrevista para el Heraldo de Aragón. Se defendió en inglés con soltura. Yo no. Ni ahora tampoco, aunque quizás un poco más de tanto leer artículos, ver videos en youtube y créditos en los discos. La lengua anglosajona por dejadez fue siempre la asignatura pendiente de los “boomers” en España.

 Pip era un tipo avispado muy simpático y muy importante si no el que más en el seno de la banda. De hecho, la mitad de las composiciones de los Hatfield y de los National llevaban su firma. El tío además tocaba el piano y escribía todas las letras de las canciones. Inteligente, educado y bromista a la vez.

Y ahora vayamos a los discos. Música muy compleja, llena de detalles y muy enrevesada en acordes inusuales y líneas de ritmo complicadas llevadas al refinamiento. Ya no eran solamente la melodía directa y agradable de unos Caravan. Aquí las influencias de la música académica y del jazz más enrevesado se fundían con una pasmosa y efectiva naturalidad. Acordes de piano eléctrico raros y complejos al igual que la guitarra inconfundible y matemática de un Phil Miller concentrado en su técnica de escalas imposibles. Un tipo serio y huidizo. A mí me fascinaba ver como manejaba los platos y la caja el polirítmico Pip y la enormidad de variaciones de tempo de la que era capaz. Sana envidia. Me habría conformado con saber tocar una cuarta parte de lo que él hacía con una facilidad pasmosa. Los baterías de Canterbury y derivados son una gozada verlos tocar. Compré prácticamente a la vez sus dos estupendos trabajos pero reconozco que me costó entrar. Hoy los reproduzco mentalmente de memoria casi nota por nota después de cientos de escuchas a lo largo de mi vida. Las músicas que me gustan las desmenuzo hasta la saciedad y no me canso de escucharlas independientemente de los años que pasen. El Canterbury es evidentemente uno de mis estilos favoritos de progresivo desde mis años jóvenes y me ha enseñado mucho en cómo hacer música y en como escucharla. Es de agradecer conocerla. Sin ninguna duda. 



Así pues Virgin Records edita “Hatfield And The North” en 1974 y al ser una compañía fuerte y de actualidad llegó a editarse en España. Debió ser ya 1976 casi seguro cuando compré el disco y en principio no fue una escucha fácil ni fluida. La música no era Caravan precisamente y allí había muchos detalles intrigantes y rebuscados en el sonido. Composiciones extrañas. La mezcla de gente como Stewart, Sinclair, Pyle, Miller y el refinamiento vocal de las tres cantantes femeninas: Amanda Parsons, Ann Rosenthal y Barbara Gaskinn no era precisamente un paseo sencillo y además Robert Wyatt estaba por ahí también en la exquisita “Calyx” entre otra gente de compleja reputación musical. Quince temas ininterrumpidos aunque no aparezcan como “suite” propiamente dicha y que además deben ser escuchados en bloque para que cojan el sentido correcto en la escucha. De otra manera no causan el mismo efecto si vas por piezas sueltas. El llamado sonido Canterbury en la vía Hatfield se mete en un terreno de complejidad y sofisticación mucho mayor. La sucesión de acordes, cambios de tempo y extrañas armonías superan con creces las estructuras técnicas de las bandas previas. Los títulos de los temas entrelazados no tienen ningún sentido y son completamente absurdos. La conclusión es que es una música sin rival, ni cosa que se le parezca y tampoco valen etiquetas. Si eres capaz de clasificar esto enhorabuena. Yo humildemente no me atrevo porque aquí convergen muchos argumentos que tienen que ver casi más con lo clásico contemporáneo el jazz más imaginativo y la vanguardia académica y sinceramente el rock como concepto, salvo pequeños detalles no lo veo por ninguna parte. La riqueza musical va mucho más allá que cualquier definición de estilos que te propongas considerar. Son composiciones de tal refinamiento solo destinadas a gente acostumbrada a escuchar música compleja de alta calidad y para oídos muy exigentes. La cantidad de detalles sonoros precisa de una escucha muy atenta. Es un disco fascinante, elegante y hermoso que tendrá su continuidad en “The Rotters Club” de 1975. Fueron los dos los únicos años que aguantó esta formación. Nada sobra. Todo es destacable como la larga “Mumps” de Dave Stewart o las complejas y fascinantes composiciones de Pip Pyle: “The Yes no Interlude” – “Fitter Stoke as a Bath”. Al igual que su predecesor este es otra obra maestra atemporal de la música. Si comparas estos discos altamente imaginativos con lo que se hace hoy día el contraste es brutal y como todos los “incunables” en el mundo del arte no tendrán continuidad. Ni un antes ni un después. El reflejo de un momento y una época. Un brillo momentáneo. Un inclasificable destello de originalidad. Cosas de una vez en la vida y adiós. Dave Stewart es la tercera parte del sonido único e inigualable del órgano de Canterbury y ahí quedará hasta el final de los tiempos al igual que la delicadeza infinita de las tres cantantes.



Como todo lo bueno siempre es breve con el tiempo aparecerían escasas grabaciones alternativas de la BBC y archivos en otros dos ya en CD imprescindibles “Hatwise Choice” de 2005 y “Attitude” de 2006 con diferentes versiones alternativas de los temas de estudio. Vuelvo a repetir que fueron un fracaso de ventas para la compañía discográfica y ambos estaban destinados a formar parte de la leyenda y de los griales vinílicos de coleccionistas y no se suelen ver ni en las ferias de discos.

Continuará.

Alberto Torró


Temas
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Mumps
A. Your Majesty Is Like A Cream Donut (Quiet) 1:59
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