LA ESCENA DE CANTERBURY 7: Egg
Una vez comentadas las dos principales bandas del movimiento y a partir de ahora no nos queda más remedio que avanzar y retroceder a la vez en el tiempo y establecer una especie de árbol genealógico de afinidades y agrupaciones que surgieron en esos intensos y liosos años 69-70-71-72 y aquí podría agregar algo que suele pasarse por alto. No existía buen rollo ni camaradería entre el rock como “actitud” de lo básico y cotidiano y el rock progresivo como intento cultural. Se puede pensar, incluso imaginar que la psicodelia dio el paso al progresivo y a la incorporación de otros estilos y que esto ocurrió de manera amigable con el concepto de rock clásico. Pues nada más lejos de la realidad.
Lo cierto es que desde el principio lo que entonces se llamaba “música underground” que fue la denominación primitiva de “música progresiva”, tenía enfrentada a buena parte de los alegres y pacíficos chavales del panorama rock del “realismo callejero” de chupa, garito y tribu con animadversión completa a todo lo que fuese reflexión, cultura y estudio. Anticipo por otra parte de lo que sería el punk pocos años después el cuanto el grano de pus reventó. Por supuesto todo lo “prog” contaba con el entusiasta rechazo de todas las leyendas rock del momento con hiperactividad neuronal muy famosas. La mayoría de nombres muy encumbrados y conocidos que generalmente echaban pestes del ya incipiente rock progresivo que era más odiado y vilipendiado que otra cosa. No. No había buen rollo. Eran mundos antagónicos.
Haciendo algo de antropología el contradictorio siglo XX consideraba música y todo lo demás en términos de arte aquello que nada tenía que ver con ello. En los años 50 y el adelante la “música dejó de ser música” para convertirse en “actitud” e “inmediatez”. Lo superficial mató por completo la reflexión. En el momento que el arte perdió su esencia para convertirse en un ariete de protesta, malestar, odios, ideología, clasismo, provocación o cualquier otra cosa que solo fuese un vehículo para la violencia o la exaltación del “feísmo” realista tan extendido en todo el siglo XX de posguerras, en el momento insisto de que el arte y la música perdió la esencia para lo que fue concebido desaparece por completo su estatus de belleza y superioridad estética. Su concepto de ideas elevadas. Es decir, cuando todo esto se “materializa” y da paso al “realismo” en el contexto histórico deja de tener su sentido.
Algunos pensamos, los menos, y no se piensa igual a los 20-30 años que a los 70, que la música como todo lo demás no es o no debería ser un patrón de “caos, conflicto y guerra”. El arte era o fue la posibilidad de “otra cosa”. que nada tenía que ver con la realidad funesta de nuestra existencia. De esta decadencia artística cierto es que se gestaron cosas muy interesantes como el citado rock progresivo y una activación de la música folk como elemento cultural. Las “llamadas vanguardias” no fueron sino intentos de abrir caminos la mayoría de las veces como pretensión pseudo-cultural de resultados irregulares que rara vez cuajaban en algo convincente y mucho menos sostenible en el tiempo.
La realidad cruda era que no se podía soportar el hecho de que un músico adaptase la música clásica u otras formas más elaboradas al concepto primario del rock como expresión de rabia. Pura hipocresía. Lo que yo llamo la revolución de grandes reservas, suites lujosas y fuentes de marisco y sexo caro y depravado mientras iban de antisistema. Lo académico, incluso el jazz que también venía en parte de zonas lúgubres poco “recomendables” aunque luchó por un reconocimiento y hasta el folk acústico y melódico, sufrían la animadversión del que era incapaz de tocar más de cuatro acordes y vociferar la protesta como sistema.
Cierto es también que había diferentes formas de hacerlo y la otra interpretación como digo líneas arriba, era la ruptura vanguardista y la obsesión por romper todos los sistemas que consideraban producto de la burguesía y el conservadurismo. Lo que llamamos snobismo o “nuevas tendencias”. El convulso siglo XX fue época de rupturas, contradicciones y extremismos que nacían y morían casi a la vez, salvo escasas excepciones.
En cuanto al llamado rock progresivo es duro decir y además es polémico y sangrante entender que la realidad partía más de la envidia y la incapacidad que de la honestidad y la altura de miras creativas. Con la defensa de lo “básico” a inmediato como excusa de expresión popular se ocultaba en realidad la deficiencia de conocimiento, estudio y capacidad técnica musical
Por qué Salieri odiaba a Mozart y porqué los rockers y los punkis odiaban el intelectualismo y el academicismo “burgués” en todas las artes y costumbres, parten curiosamente de la misma base psicológica: La incapacidad y la envidia. Traumas y frustración, en definitiva.
Otra cosa es la película de “rebeldía romántica” que nos han vendido. El orgullo de “pertenecer” a la tribu por no poder pertenecer a lo mismo inalcanzable que odiaban. Es lo mismo que cuando decimos porqué un obrero vota a la derecha. La realidad es porque muchas veces queremos ser lo mismo que odiamos y despreciamos. Así somos. El ser humano en toda su envidia, mezquindad y con todas sus malas artes.
Disertaciones personales aparte y como siempre disculpad si os doy la brasa y me enrollo demasiado, no sabemos a ciencia cierta que pasaba por la cabeza de aquellos jóvenes músicos de finales de los 60´s que habían aprendido a tocar el órgano y el piano clásico. Que tenían estudios y una curiosidad innata por hacer cosas diferentes que no fuese golpear una guitarra eléctrica haciendo el mayor ruido posible y vomitar impotencia y cabreo generacional en un micrófono. Pero vamos al asunto que nos ocupa.
David Lloyd Stewart, teclista con estudios académicos y Mont Campbell bajista y otros instrumentos más el batería Clive Brooks y un joven guitarrista adolescente llamado Steve Hillage formarían una banda llamada Uriel. Corría 1968 y los estrechos márgenes del rock and roll ya no interesaban a las mentes inquietas. Estos tipos no eran exactamente del condado de Kent ya que se habían formado en Londres, pero había contactos y conexiones estilísticas en el sonido del teclado y las estructuras libres y abiertas. Esta formación grabaría un álbum en 1969 con el nombre de Arzachel. Una extraña e inclasificable pieza de coleccionista típica de la esquizofrenia sonora que buscaba identificarse. Hillage se marcharía y el trio restante adoptaría el nombre de Egg.
Puede ser que Egg sea considerada una de las primeras bandas muy asociadas a los primeros Soft Machine y Caravan por similitudes en el sonido. El caso es que este trío comandado por Stewart quería en realidad seguir los pasos de los Nice de Keith Emerson con mucha base clásica y académica. El resultado fueron tres discos muy curiosos y muy valorados por los seguidores del estilo pero que a oídos poco conocedores de esta historia les pueda parecer desconcertantes. Toda la música de aquella época era desconcertante porque era “invención constante” inclasificable. No servían las etiquetas conocidas por ese entonces y aquello era “underground” como dije antes. Lo de progresivo vendría poco después. Dave Stewart llamaba “generador de tonos” a lo que debía ser un sinte primitivo pero lo importante era su sonido de órgano completamente emparentado con Mike Ratledge y David Sinclair que para mí son la esencia absoluta del sonido Canterbury.
La oscura portada de un huevo y cuatro yemas aparece en 1970 y si querían parecerse a los Nice quizás se puede rastrear algo en la cara B del vinilo titulada pomposamente Sinfonía Nº2 (no se sí hubo una sinfonía nº 1 o es una ocurrencia) con sus 22 mts de órgano y rígidas estructuras académicas. El problema de hacer una pieza monolítica con el único sonido del órgano y un único acompañamiento bajo-batería corre el peligro de sonar “vacío” y repetitivo, pero estamos en 1970 y a los Nice de Emerson les pasaba algo parecido. Hay que entenderlo. Por tal motivo hoy suena muy desfasado a pesar de las habilidades teclísticas. Quizás la guitarra de Hillage le habría dado algo más de alegría al asunto, pero es solo una suposición personal. La cara A es algo mejor y por momentos me recuerda mucho al Vol Two de Soft Machine, con ese sonido en eco tan particular.
En “The Polite Force” de 1971 encontramos una de mis piezas favoritas del sonido canterburiano en “La visita al Hospital de Newport” encantadora y adictiva pieza y un enrevesado track llamado “Contrasong” con un cuarteto de viento en una especie de free-jazz inclasificable. La insoportable experimentación de los insufribles nueve mitos de “Boilk” ocupan un gran espacio desaprovechado para mejores cosas y nuevamente una larga pieza nº3 en la cara B algo más entretenida, pero con el mismo problema de escasez de medios sonoros con órgano y más órgano hasta el infinito y más allá.
Nos vamos a 1974 y “The Civil Surface” ya es otra cosa. En realidad es casi un álbum más emparentado con los Hatfield and The North. Bandas paralelas en esa franja. Las voces femeninas de las “Northettes” y nutridas colaboraciones del área, con Hillage, gente de Henry Cow y asociados dan un álbum sumamente entretenido y fascinante entre la música contemporánea imaginativa de cámara, el jazz rock y elementos variados de estilos afines. Música cambiante, imaginativa y muy agradable a oídos ya experimentados. Aunque lo firman como Egg en realidad es un disco más en la onda Hatfield-National Health y una de las rarezas recomendables de la escena de Canterbury.
Entre medio en 1972 el único disco de la banda de Steve Hillage llamada Khan hace su aparición y su amigo Dave Stewart se encarga de los fabulosos teclados en este único e imperdible trabajo. Esta es una de esas piezas canterburianas que fue difícil de conseguir en su momento. Yo lo hice encontrando la re-edición en vinilo 180 gramos hace unos pocos años atrás. No habrá un disco como este ni antes ni después. Un incunable único del estilo que aun sonando a una época pasada no desentona lo más mínimo y siempre es una agradable escucha. El sonido típico de Canterbury en las teclas le da la personalidad necesaria que de otra forma solo habría sido un disco más en solitario de Hillage.
En esa misma franja de años 69-74 Kevin Ayers el hippy por excelencia afincado en Mallorca y miembro original de los primitivos The Soft Machine grabaría sus cinco primeros discos destacables antes de convertirse en un “von vivant” decadente al estilo de un Brian Ferry. Aunque reconozco que tiene algunas canciones majas, nunca me atrajo su forma de hacer música ni de cantar. Me pasa lo mismo con otros personajes que van de outsiders ricos decadentes y sofisticados como el citado Ferry, John Cale, Bowie, Nico, Lou Reed, Bolan etc y en general todo el llamado Glam Rock. Ayers no era muy asociado a ese género precisamente, aunque lo transitó de cerca. No es mi mundo, pero destacar que en sus primeros discos siempre estaban miembros habituales de la escena de Canterbury incluido un joven Mike Oldfield haciendo de bajista en su banda y que frecuentaba afinidades estilísticas con la escena. De hecho, en la presentación en directo de Tubular Bells en mayo-junio de 1973 en Londres gran parte de los músicos invitados pertenecían al círculo canterburiano. Pero esa es otra historia.
Continuará
Alberto Torró


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