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Willie Nile. Un retrato de la música vivida.

En 1980 el norteamericano Willie Nile acababa de editar su álbum homónimo de debut y se encontraba en pleno proceso de grabación del que sería su segundo vinilo, Golden Down. Ocupaba por entonces el estudio A de la neoyorquina The Record Plant; mientras, John Lennon trabajaba en su álbum Double Fantasy en el estudio C. 



«Fue realmente emocionante para mí el haber estado tocando el piano y saber que John se encontraba en la otra habitación», aseguraba Nile. El piano al que hace referencia no es otro que el Steinway Grand Piano propiedad de los citados estudios de grabación, un instrumento que con los años no solamente lo tocó el ex Beatle, también Elton John, Randy Newman o Bruce Springsteen. Ese piano es el mismo en el que la noche del 8 de diciembre de 1980 se encontraba tocando Willie Nile, la triste fecha en la que un maldito psicópata enajenado asesinó a Lennon. 


Y es ese mismo piano, ese Steinway, el que acompañaría a Willie en 2015 en esa mutación en pos de convertirse en río, de pasar a ser líquido, del mostrarse desnudo que se tituló If I Was A River: él, las teclas blancas y negras, su voz y sus canciones. «He perdido mi alma aquí fuera en el límite, fuera de control y comenzando a hundirme sin ti», reconocía. 




Nile es un poeta al tiempo que cronista de guerra, de la guerra interna de una sociedad pacata, de ese estado social en el que el ser es cada día menos humano. Willie es un batallador en pos de la palabra idónea, de la frase que diga más con menos, que pinte escenas ante nuestros ojos en cuanto entre por nuestros pabellones auditivos. Nile es un músico, un cantante, el arte del ser uno mismo y no un mero artista. Willie es la crudeza de la realidad contada sin censura, sin omitir el fango pero tampoco la felicidad de vivir. 


Willie puede ser el dedo que se mete en la llaga de las “guerras santas”, que apunta cual certero francotirador a los que ponen a Dios de excusa para exterminar a sus semejantes. Nile es la cabalgada por esa Norteamérica tan conocida, por vía películas, documentales o telediarios, como recóndita, inabarcable. Willie es el viaje que nunca acaba, que disco a disco añade un capítulo más al diario personal, kilómetros al destartalado vehículo de la redención. Mirando brillar el sol desde la ciudad de Nueva York mientras se repite que no hay mejor lugar que el hogar de uno. 


«Este es nuestro tiempo, este es nuestro lugar, este es nuestro momento en la raza humana», nos arenga Nile, nos anima Willie. Willie Nile es Golden Down, es Places I Have Never Been, Streets Of New York, American Ride o House Of A Thousand Guitars, es tantos y tantos otros discos, ya sea en estudio como grabados en directo. ¡El directo! Tal vez no sea una reunión secreta, para elegidos, pero lo que sí es cierto es que acudir a un concierto de Willie Nile, reunirse con otros que le comprenden con la misma intensidad que lo hace uno mismo, se convierte en un acto extraño, cargado de esa atmósfera de aquelarre místico que sólo la música puede lograr en un melómano.  



Su intensidad cual contador de historias, como artista, es de un calado que sobrepasa la necesidad primera de actuar junto a una banda. Nile puede tocar en su grupo, aunque si se enfrenta a su audiencia en solitario, con su guitarra y su teclado, tampoco queda desnuda la propuesta. Y es que, aunque se dice de él que es el Dylan de Nueva York, al pisar la tarima es más un animal de escena a lo Joe Strummer, con esa misma pasión en movimientos, en querer subrayar con sus gestos, sus miradas, sus sonrisas o muecas lo que detalladamente relatan sus textos. 



Si ya gracias a una pieza como “The Innocent Ones”, en la que Willie nos grita preguntando si hemos escuchado la llamada de los que lloran, de esos descorazonados que llevan la pena en sus ojos, se produce el primer incendio, la inicial sudoración, es cristalino el efecto del embrujo. Oírle cantar “Vagabond Moon” es retrotraernos a 1980, a su elepé homónimo, a esos días en que dedicaba canciones a los poetas bohemios que fueron más allá de la denominada como Generación Beat.  



Las sombras caen y la oscuridad es eléctrica al desmarañarse “Heaven Help The Lonely”, mientras los susurros de deseo colman la estancia. Un anhelo que se transforma en respeto ante una canción que pareciese salmo, un “Streets Of New York” que agarra con las manos fotogramas de una ciudad, restos de asfalto y miedo, felicidad o duda que colman el amor por una urbe atemporal. Nadie canta mientras Nile, tras las teclas, se muestra a los asistentes como humano descarnado, vibrante, lleno de alma. 



No pierde oportunidad de acercarse a sus fieles con la palabra, con el chascarrillo humorístico a la par que ácido y crítico, con la sinceridad de un corazón sacado del pecho. Se atusa una y otra vez el pelo mojado por las embestidas de sus movimientos. Hay un recuerdo a los caídos bajo el influjo de la fama, a los que no pudieron aguantar esa primera línea del flash y el foco que a la postre los engulló sin piedad. 



Así es este hombre que lo mismo se presenta como Hank Williams, Marlon Brando o Marilyn Monroe, este luchador inagotable que cual única arma alza el mástil de su seis cuerdas. Willie Nile es una de las pocas cosas ciertas, tangibles en un mundo en el que, como dice “Cell Phones Ringing (In The Pockets Of The Dead)”, los creyentes y los infieles se pelean en las calles mientras los cuerpos de los inocentes sólo tienen una hoja para cubrirse. Será que Aristóteles sigue navegando en un ferry camino a Marte. 

por Sergio Guillén

sguillenbarrantes.wordpress.com









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