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ACDC ‎– Who Made Who (1986)

 Estos fueron los aportes instrumentales que AC/DC grabaron para darle el tono sonoro menos adecuado al tedioso filme Maximum Overdrive, dirigido en 1986 por Stephen ‘’King-der’’  Sorpresa, quien en aquel mismo año destino una parte de los diez millones de dólares de inversión de la película, a lo que probablemente haya sido hasta la fecha lo más destacado en lo creativo, de la trayectoria de una banda que en el año 1974 se perfilaba como uno de los fenómenos más sobresalientes de la escena del Glam australiano, tan en boga en aquella época y desplegado por el mundo entero.



Eludo hacer la más mínima reseña de esta "obra" cinematográfica porque... La madre que me parió, menuda reacción de Trufas A Feira con grelos de Melbourne mal aliñada. Darle una puntuación del 1 al 2 con un -0 de máximo, puede constatar un delito penal que en la nueva reforma del código entrara en vigor en el segundo articulo. 

 El proyecto que inicio el fallecido guitarrista Malcom Young, sufrió notablemente las consecuencias de los constantes cambios de formación acontecidos antes de la grabación de su primer álbum con AC/DC. Y es que, claro está que para la clave de facturación, han contribuido notablemente grosos errores como incorporar a la banda a Angus Young o Bon Sctott entre otros, siendo esta la estrategia para alcanzar el éxito a base de monólogos y alabanzas practicadas en parcelas indebidas, muy a pesar de que gran parte del material que configura las sotas que sostienen a los reyes que cabalgan sobre previsibles corceles en gran parte de los discos de AC/DC, han sido compuestas y escritas en los locales de Jazz y Blues menos populares y transitados de las principales ciudades del mundo. 



En una época añorada sin que la misma fuese muy pretérita, no resultaba un hecho extraño, el salir abducido por el morbo de la bulliciosa noche semanal de mediados años ochenta en la búsqueda de emociones sonoras, eludiendo bajo el dictamen del aborrecimiento a los protagonistas de la propia noche y su  presencia mayoritaria, que afortunadamente se desubicada del lugar más sospechoso para darte de bruces con los hermanos Young, en desde el extremo oeste de Basauri, el sur de Horcasitas, el norte de La Celsa o al este del Bronx, en el fondo oscuro de un viejo local de Jazz & Blues, los hermanos Young, solían habitar como termitas en los laterales fondos de estos espacios de ocio, arropados por la escasa luz de muchos de ellos (el punto estratégico para que los cazadores del deseo voraz disparasen con balas de baboseo) en los que divisar a los Young frente a frente no suponía una ardua tarea. Solían postrarse escondidos de la nada, justo en el centro de la abundante cuestión temática a tratar para una canción, saboreando un chupito de Macallan gran reserva, mientras escribían el boceto de una letra o un riff de guitarra determinado, que posteriormente se remataria en el hotel cinco estrellas de la ciudad. Poder verlos avasallando un cuaderno de parvularia cuadricula sobre el que los bolígrafos Bic guiados por relajados dedos expertos en la tensión de cuerdas de acero, era más espontáneo y espectacular que verlos sobre un escenario haciendo refritos en putrefacto aceite Koipesol.




Tanto Angus como Malcom, solían tener el temporal favorable en la mayoría de los casos durante sus salidas nocturnas por todas las ciudades del mundo, para no ser reconocidos por el dueño de un bar de copas en concreto y su concurrencia, bien estuviese sito el local o no, en la ciudad más puntera del planeta. Pero lo cierto es que eran muy altas las probabilidades de ver a los dos guitarristas en minúsculos espacios cerrados donde las músicas ambientales no tenían parentesco alguno con el Rock And Roll, y el volumen de las mismas permitía inclusive escuchar a más de veinte metros de distancia la traidora y violenta ventosidad del cejijunto bellotero más apuesto de la noche. Y en caso de ser avistados y reconocidos por la impertinencia fanática, los Young, no tenían ningún inconveniente en compartir mesa, una charla amena e invitar a su vez a las moscas nocturnas que se filtran ante cualquier sensor cojonero. Pero estas moscas,  se iban bien instruidas de música anglosajona, Jazz, Blues, y encima, habiendo degustado de una bebida de alta gama, como consecuencia del destacado gesto de la casta de Glasgow. Y por supuesto, que de tan gentiles detalles, tampoco estaban exentas las aventureras damas del deshonor coronado en las llanuras de la soledad. Muchas de ellas han llegado a despertarse junto a Angus y Malcom sobre la misma cama, alfombra o bañera de la Suite más lujosa del hotel más prestigioso de cada ciudad, sin ser conscientes, de que dos de los músicos más elogiados y cotizados de del Rock, han hecho Roll de pleno en sus cuerpos, seduciendo sus almas con indescifrables verborreas celedónicas. Y es que los Young, nunca han escatimado lo más mínimo en compartir de forma cortes a la vieja usanza escocesa, una parte de sus amplias cuantías adquisitivas sin pudores selectivos, y me temo que tampoco han sido conscientes de la excesiva hiperactividad en el crecimiento de las corrientes más continuas que alternas de sus propias cuentas bancarias. Pero lo que los hermanos nunca han querido hacer público, es reconocer su exquisito gusto por el Folk bretón, y la práctica de la música popular irlandesa,  desarrollada por ellos mismos y sus gaitas escocesas y bretonas. Una doctrina con la que quizá nunca hubiesen recorrido ni un tercio del espantoso camino hacia el aborrecimiento amorfo de la fama en el caso de haber optado por llevar a cabo su carrera en campo del Folk. 

Cuando Stephen ‘’King-der Sorpresa’’, destina diez millones de dólares a la creación de la película Maximum Overdrive, y lanza el anzuelo a modo de rescate para la empresa AC/CD, sus directivos no rechazaron la tentación de salvar las cuantiosas pérdidas que la frustrada gira del álbum Fly On The Wall publicado en el año1985 les había traído consigo. 



Desde el año 1979, la caída empicada de la banda hacia el declive estaba escrita, muy a pesar de que desde 1974 erraron su orientación sonora a merced de la previsión y su matemático acierto, un hecho real que se constató en más aberraciones discográficas cuya gota culmino el vaso con Fly On The Wall, disco con un contenido que sobrepasa los límites de las fronteras de lo pésimo.

Así que, sí o sí, en 1986 había que poner en circulación un Who Made Who que expone dos nuevos temas, y su apresuración en composición y grabación no supuso mayor obstáculo, dado que la fórmula de AC/DC está confeccionada a prueba de largos y cortos periplos de tiempo, con resultados serán tan horrendos como eficaces. 

Who Made Who no deja una de ser a fin de cuentas, una obligada y estratégica recopilación, para mantener alerta a las tropas de fans repartidas por todo el planeta, cuya fe en la banda se desvanece de nuevo en 1988 con la publicación de un nuevo álbum, como fue el efusivo Blow Up Your Video, del que lo único destacable de la obra es el Groove y pegada del baterista Simón Wright. Su escasa presencia técnica en el disco fue premiada como gratificación por parte de la directiva, en reconocimiento a que este pequeño torrijo de Manchester (a quien inclusive yo mismo le destiné dos collejas en su adoquinado cuello en Avilés en el año 1997)  tras haber militado en la banda durante cuatro largos años, logró por fin llegar a entender el concepto. Pero no obstante, una vez aprendida la lección se pierde el entusiasmo y se cometen errores que hieren la sensibilidad sin magnificar la trascendencia. 

Wrigth, es sustituido en 1990 por el experimentado Chris Slade, un hombre que a pesar de parecer haberse fugado del lateral de un bote de Mister Proper incitado por el aburrimiento estático para tocar la batería, la directiva le fulmina la pegada y su personalidad en su aportación como nuevo miembro de la banda, tras las mezclas de otro de los discos más espantosos perpetrados por AC/DC: The Razor´s Edge, una inapetente e indigesta rodaja que aparece en la recta final de aquel mismo año 1990, y con el que emplean la misma estrategia con la que justo diez años antes les sirvió con la práctica de Back In Black, donde vendían en el mismo lote, un bloque de humo envuelto en pena por la pérdida del vocalista Bon Scott, y un pack de entusiasmo con la incorporación de su sustituto, Brian Johnson quien a pesar de las circunstancias, encajó en el puzle de una obra de deforme uniformidad, pero avalada por el principal denominador común.

Una década después de la publicación de Black In Black,  y sin lamentar afortunadamente trágicas pérdidas humanas, para eludir responsabilidades de sentimientos culpables por el mero hecho de no haber logrado amarrar bien a Simon Wrigth para que este permaneciese en la banda, al margen de la lentitud en el proceso de asimilación del torrijo de Manchester, The Razor´s Edge, a pesar de la pobreza de su contenido en composición, ejecución y producción, repite la misma jugada que le dio el gol de la victoria en 1980 a una vuelta más negra que nostálgica y entusiasta. 

La visión de cálculo hallada en el nuevo disco, cumple con creces las previsiones llegando a calar muy hondo en sus fieles, evidenciando la regla del factor calidad producto, muy propicia de los grandes e inquebrantables imperios empresariales.  

Si hay algo en el AC/DC World que haya atraído ligeramente mi atención, han sido factores como la forma en la que Malcom Young planteaba las canciones, pasando por el dedo pulgar de la mano derecha de Cliff Williams, y la sutil forma en la que Phill Rudd adelantaba en milésimas de segundo sus golpes de caja en los tempos 2 y 4 como faceta distintiva de su singular y eficaz estilo. Este músico, poseía las cualidades fundamentales que ha de tener un músico de Rock And Roll: Ejecutar la nota más sencilla y precisa en el tempo adecuado, sin que el agua caliente logre conseguir arrastrarte como si de una inoportuna mancha que obstruye la circulación adecuada de una canción se tratase, inclusive cuando te distraes y te evades del mundo mientras ejecutas en la dimensión real del tiempo de forma mecánica, sumergiéndote en el espacio de la dimensión surreal por intrínsecos vericuetos, bien sea a bordo de tu propia imaginación o siendo sumiso a cualquier problema que se adueñe de tu mente y logre superar tu capacidad de concentración. Las exactas matemáticas musicales permiten que mentes tan morbosas, y excesivamente cochinas como las de Rudd, le concedan libertad para viajar desde la energía mecánica a inertes parcelas de ficción, en la línea divisoria de dos hemisferios que en numerosas ocasiones, durante largos años al servicio de longevas giras, han permitido que Rudd, proyectase en su imaginación durante su proceso de ejecución en la batería, escenas de delicada y peligrosa fantasía enfermiza a merced del deseo obeso que posteriormente y de forma ocasional, ha llevado a la práctica en la dimensión real, mientras que al mismo tiempo en su imaginación estaba su propio kit de batería. Pero esta parcela no le compete precisamente a un crítico musical o a un músico al uso, sino a un experto en salud mental. 

 De cualquier forma, si este baterista hubiese tenido la pegada de Wright o Slade, la más apropiada  para integrarse al estilo de AC/DC, se podía barajar posibilidad de sobornar al ayuntamiento de Peñaranda de Bracamonte con el fin de hacerle una estatua en cartón piedra, en memoria de las célebres figuras que formaban parte de la decoración de numerosos platós donde han tenido lugar los rodajes más bizarros del cine de serie B español. Pero Phill Rudd,  por no tener… Ya no tiene ni dientes reales ni de ficción, aunque al de Melbourne (quien fue de forma casual durante un tiempo determinado vecino de residencia de dos hermanas que mi señor pater tiene desde hace décadas en Australia) le es indiferente mascar tanto chicles de Cachopo de madreña como succionar Potitos con pajita. Pero con una balanza que equilibra perfectamente sus defectos y virtudes, fue el único empleado de la empresa de la corriente alterna y continua que realmente ha ido a siempre a su bola, tanto en lo profesional como en lo personal, a pesar de esos enfermizos achaques cerebrales que le ha sufrido en numerosas ocasiones. 



Para poner el punto y final a mi breve concesión del fenómeno AC/DC tras haber desertado del Glam hacia el Boogie Rock adulterado, y al margen de que ambos estilos me generan el mismo interés que una botella de Anís Castellana llena de licor de Morcilla (como prácticamente toda esta amplia gama de propuestas sonoras que cada vez son más espantosas y en tiempos actuales altamente nocivas)  el audio de este video, cuenta con diálogos de la película Maximum Overdrive, que por motivos más que obvios, no han podido ser diseccionados de las mezclas finales. Pero constatan a fin de cuentas, un consistente efluvio de Psycho Hard Blues comandado por Malcom Young y Cliff Williams, un bajista al que en otras parcelas musicales, la mismísima galaxia… Se le hubiese quedado muy estrecha.

Luis Arnaldo

ArnalsoStudio








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