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L´ESTATE DI SAN MARTINO - Talsete di Marsantino (2012)

El efecto que ejerce la música en los momentos revoltosos de la vida es tan importante como el ibuprofeno, el lorazepam, el prozac y la masturbación. Los cuatro elementos para ir tirando junto con la oximetazolina (napias tapadas), el ventolín, el fortasec o en caso contrario cualquier laxante según sea el caso.


 El rock sinfónico y la música clásica deberían ser recetados por prescripción facultativa, ya que tienen menos efectos secundarios que el metal o el regetón. En caso de anemia, o falta de minerales y vitaminas, no se recomienda la canción de autor y mucho menos el lounge o la relax new age. Tampoco en casos de epilepsia o trastornos límite de la personalidad se debería escuchar kraut rock o psicodelia porque acentúa los síntomas, pero eso ya depende del estudio clínico en cada caso y por supuesto la depresión no se cura escuchando a King Crimson o Van der Graaf y mucho menos post rock. Esto se encuentra en el vademécum de medicina musical que ya escribí en su momento, aunque la organización internacional de la salud vio lagunillas y ocurrencias y me remitieron al psiquiatra. Mi primera paja musical fue literalmente con la Jane Birkin y el Serge Gainsbourg con aquel “Je t´aime moi non plus” de sinfonismo pop  guarrete de 1969 que marcó profundamente mi adolescencia y derivó mi amor y mis eyaculaciones al rock sinfónico como un polvete y orgasmo sin fin y ya a un follar sin parar hasta la pitopausia sexagenaria actual. El amor por la música es una indecencia. Siempre.


“Talsete di Marsantino” es en líneas generales un relato pastoral y amoroso. Una especie de infusión de valeriana sonora pero sin llegar a la invitación a la modorra. Es un prog amable muy melodioso. Con un bonito empleo de saxo y flauta en algunas piezas que lo aparta ligeramente del sonido genesiano anterior aunque no del todo y nos adentra más en una línea sinfo folk, algo descriptivo a la Camel a veces, pero sin las aristas ni los cambios bruscos, ni ritmos demasiado rápidos. Las acústicas y los sintetizadores acarician más que cabalgar. El piano parece discurrir tranquilo en su íntima conversación mientras la guitarra eléctrica finísima y evocadora parece mostrarnos una postal de bosque húmedo y solitario. Se prodiga más el aspecto instrumental que vocal. Es música de hojas caídas, de nostalgia, hermosa en todo su recorrido. En el tema 11 sorprende oír la voz recitativa del bendito Francesco de Giaccomo (Banco) que en paz descanse al igual que la de Bernardo Lanzetti (PFM) en la 14 que cierra este sosegado álbum casi demasiado aterciopelado en su conjunto, pero muy indicado para almas cándidas como la mía (es un decir). 


Melódicamente apetecible y muy alejado del mal gusto y “truño” como dicen los haters en las redes y de las mediocridades prog en boga, estos sí, auténticos laxantes. 
Alberto Torró








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