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BATERISTAS EN LA SOMBRA Cap. 54: Harald Grosskopf: el baterista que hizo respirar a la Escuela de Berlín

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 Dentro de la inmensa historia del rock progresivo europeo existen músicos cuya influencia resulta desproporcionadamente mayor que su popularidad. Son artistas que no ocuparon portadas de revistas, no llenaron estadios ni se convirtieron en iconos mediáticos, pero cuya aportación cambió silenciosamente la forma de entender la música contemporánea. Uno de esos nombres es Harald Grosskopf. Para muchos aficionados al rock progresivo, su nombre está inevitablemente asociado a la escena berlinesa de los años setenta, a Ash Ra Tempel y a sus colaboraciones con Klaus Schulze. Sin embargo, reducir su carrera a esos proyectos sería simplificar enormemente la trayectoria de uno de los bateristas más personales surgidos en Europa. Harald Grosskopf nació el 23 de octubre de 1949 en Hildesheim, Baja Sajonia (Alemania). Creció en una Alemania todavía marcada por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en un contexto social que favorecía la aparición de una nueva generación de artistas de...

PETER GABRIEL - Peter Gabriel 1(1977, Charisma)

 No hay duda de que el primer trabajo solista de Peter Gabriel tenía que ser algo fuera de lo común, algo realmente especial que marcara un antes y un después de su publicación. Bien, tal vez ese punto de fractura lo trajera realmente su segundo 2, pero lo que está claro es que aquí Gabriel rompe con todos los clichés y expectativas que sus seguidores habían guardado durante la segunda mitad de los 70. Él, un artista convertido en showman, un genio que ponía su creatividad y sus aires histriónicos al servicio de uno de los conjuntos más relevantes del movimiento sinfónico-progresivo inglés, Genesis, parecía creerse lo suficientemente seguro para mantenerse solo ante el temporal que en muchas ocasiones puede suponer el inicio de una carrera en solitario. 



Peter se acerca sin reparos al pop rock pero, como no podía ser de otra manera, siempre experimentando, aportando matices y planteamientos hasta aquel momento difíciles de hallar en dicha corriente –llámalo art pop, art rock o creatividad sin ataduras, y en cualquiera de los casos acertarás–. De una forma descarada pero segura se atreve a mezclar bajo esa base apetecible y fácil de digerir los más variopintos juegos musicales: ramalazos bucólicos de folk evolucionado, guiños de vodevil con raíces –probablemente inspirados por unas andanzas ya iniciadas por los primeros Queen con temas como “Lazing On A Sunday Afternoon” y “Seaside Rendezvous” o los también british Mr. Big de “For The Fun To Find”– o arranques de rock artístico imparable. 

Para llevar a buen puerto un transatlántico musical de estas características, Gabriel, en un alarde de extravagancia inaudito, pone toda su escuela inglesa en las manos de un productor norteamericano, Bob Ezrin, que terminaría por matar la originalidad de ciertos pasajes de la obra. De hecho, y aunque este dato en su momento se pasó por alto, Robert Fripp no encontró en los surcos del disco todo el protagonismo que el cantante le había prometido al proponerle participar en el álbum. Y no es que Fripp quisiera convertir Peter Gabriel 1 en un trabajo marca de la casa King Crimson, pero sí llegó dispuesto a aportar ciertas ideas que Bob Ezrin no tardaría en descartar. 



En cualquier caso, tanto Gabriel como Fripp salieron ganando: el primero se llevó de calle las listas con su single “Solsbury Hill”, mientras que el guitarrista y compositor tuvo la posibilidad de conocer al multiinstrumentista Tony Levin, músico que terminaría siendo una pieza clave en su banda madre, los King Crimson.  

por Sergio Guillén 



 

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