La música siempre ha servido a grandes rasgos generalmente para dos cosas y es importante captar la sutil diferencia en ambas. Por una parte, está principalmente “para llenar el tiempo” y por la otra “para usar ese tiempo” porque se supone que todos entendemos lo que es decorativo visual y aquello que abriendo sus puertas nos ofrece un mundo dentro de sí mismo. Por lo general toda la música y el arte en concreto ha ido perdiendo ese “mundo interior” para cambiarlo por ese objeto funcional “que está ahí” pero no tiene ninguna función aparte de llenar un espacio vacío. Al igual ocurre con la música actual que solo tiene el propósito de romper el silencio y molestar lo más posible para evitar toda respiración y calma. Porque un mundo sin ansiedad ni estrés no es bueno para ningún negocio. A poco que uno use la “atalaya” que llevamos encima de los hombros se habrá dado cuenta que todo está pensado y orientado para “no pensar” “no sentir” y por supuesto no “cuestionar” porq...
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THE PSYCHEDELIC ENSEMBLE - The Art Of Madness (2009)
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Bueno quizás este sea el primer caso de un músico progresivo que oculta su identidad bajo el pseudónimo del “conjunto psicodélico”. Una banda imaginaria quizás como lo fue al principio el proyecto del “árbol puercoespín” del auto-idolatrado Steven Wilson. Lo que aquí es muy diferente si comparamos el engreimiento del británico y la desapercibida y contraria actitud del compositor y multi-instrumentista norteamericano del que vamos a hablar estas semanas.
Es curioso porque generalmente cualquier músico a cierto nivel tiene el ego muy subido y de lo primero que se asegura es de que todo el mundo lo conozca. No es el caso de “Psychedelic Ensemble”. Al parecer bajo este nombre se encuentra un músico veterano de renombre y según dicen ha recibido numerosos premios y reconocimiento tanto en el rock como en la música académica clásica de vanguardia y con más de tres décadas de experiencia en el negocio de la música. Todo un misterio realmente y salvo que alguien o alguno de vosotros intuya quién es, lo dejaremos así. Lo cierto es que cuando vi las portadas de sus discos pensé en la típica banda de space rock, neo-psicodelia o algo parecido de las que ahora abundan como setas. Pero al escucharlo me di cuenta de que allí había un producto bastante más complejo y elaborado que las empanadas sonoras habituales de ese estilo. Como los datos biográficos son nulos nos centraremos en su música.
Parece ser que el centro de operaciones se encuentra en New York y este primer esfuerzo que por lo que llevo oído, no lo es en absoluto, revela que el tipo va sobrado de actitudes y conocimientos musicales. El “arte de la locura” fue auto-editado por él mismo y posteriormente distribuido por Musea Records que es el santuario progresivo francés con los que en su momento tuve el placer de colaborar en los tiempos del Lunar Suite. Decía un amigo mío que la locura es un bien común y lo decía en relación al arte en todas sus manifestaciones. No aconsejo a nadie que se relacione con la locura en el arte porque aparte de ridícula, todo lo que no se controla es un desastre. La mente debe ser analítica salvo que hayas sido un miembro de los hermanos Marx o componente imaginario de los Monthy Pyton en cuyo caso todos mis respetos. La estupidez adrede y con trasfondo humorístico-filosófico es un grado en la escala de la inteligencia, pero la estupidez seria y generalizada, porque todo lo que nos tomamos en serio es estúpido, concurre en trascendencia en el modus-vivendi social que es la que mueve el mundo y sus vanidades y así nos va. La locura no va a ninguna parte salvo que con ella te rías de ti mismo y tenga un componente de sarcasmo e ironía.
“The Art Of Madness” se inicia con un bonito y breve corte que es todo un homenaje a los mejores Pink Floyd del “Echoes” y la frescura de sus primeros trabajos. Pero pronto una macedonia de recuerdos musicales va penetrando en la escucha. Nuestro hombre toca todos los instrumentos y lo hace con conocimiento de causa: la paleta progresiva de los 70´s está al completo. No solo eso, ya que hay guiños al jazz, a la fusión, al blues, a la clásica contemporánea, la psicodelia (a la Floyd por supuesto) y a otras formas incluso de pop o art rock sofisticado. Son fragmentos que se suceden de todas las vertientes y variaciones dentro del estilo y a veces fuera de él. Tan solo pide que estés familiarizado con todo ello o simplemente que en el caso de las generaciones tardías prenda un chispazo de interés por la música más atractiva. Hay baladas, guitarras acústicas, bonitos vuelos de sintetizador, elegantes teclados y unas voces bastante agradables.
Es un álbum de ensoñación, generalmente tranquilo y ocasionalmente activo. El sonido se centra en lo analógico y viejuno, evidentemente con intención clara de serlo. Si te gustan los sonidos actuales y el endurecimiento habitual de los tiempos que corren, no es un disco para ti. Claro qué, si vienes de atrás, cuando la música era más música, acertarás en un porcentaje alto.
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