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GHOSTS OF JUPITER - Keepers of the Newborn Green (2021/Nasoni)

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 Para hablar de ésta banda de Boston hay que referirse inevitablemente a su líder,  Nate Wilson (voz, teclados, flauta, guitarras) y su antesala, Nate Wilson Group. Que en 2008 editaron el huérfano "Unbound", en sólida psicodelia hard deudora de Cream.  Más tendentes al prog en muchos sentidos, en 2011 nacen Ghosts of Júpiter,  estrenando homónimo. Desde entonces, todo han sido pequeñas-grandes obras. En 2013 "Green is Cold Vol 1", y "The Great Bright Horses" en 2016. "Keepers of the Newborn Green" es lo último,  del pasado año. Difícil definir una banda liderada por un multiinstrumentista de carisma a la vieja usanza. Que ha colaborado con Chuck Berry, John Scofield, Phish o Allman Brothers Band. Diría que son algo cercano a una Jam band (más en vivo), con muchos matices psych & prog. De nuevo brillando con cegadora luz en ésta nueva entrega.  A Nate Wilson le acompañan Adam Tenell (guitarra), Thomas Arey (batería) y Thomas Lada (bajo), con

PULSAR - Halloween (1977)

 Este álbum se editó en la curva de descenso del progresivo sinfónico y que mejor título que la víspera de todos los muertos para hacer referencia a los inminentes funerales sinfónicos en las postrimerías de los años 70´s. Es cierto que a nivel puntual aún se hicieron buenas cosas del 77 al 80, año de la inmolación definitiva y perfectamente representado en ese soporífero e insoportable álbum de los Floyd y su “The Wall” que fue la carta de defunción definitiva. En cuanto a ese año de 1977 la lucha por seguir manteniendo una música de calidad todavía tuvo agradables frutos que degustar. Una alegría que no duraría mucho más.


La temática del tercer trabajo de Pulsar se ve como una obra de romanticismo decadente. La conversación extraña entre una mujer y una presencia fantasmal se reparte en dos largas suites en ambas caras del vinilo. Como a la antigua usanza sinfónica y épica. La diferencia del grupo francés es que aquí la épica se traduce en languidez y tristeza. Su portada es oscura y su mensaje melancólico como anticipando en inevitable final. Este disco lo conseguí ya en años posteriores a través de Musea Records y me lo presentaron como una obra maestra del sinfónico francés. Fue a mediados los años 80´s. Los años de sequía y de escasa paciencia por mi parte.

 

Su escucha inicial me dejó frío porque me parecía la banda sonora de alguna película de terror gótico. Allí estaban esos mellotrones y esas guitarras acústicas, alguna voz infantil y una tristeza infinita para acompañar a las siempre recurrentes depresiones que durante años nos van acompañando casi siempre sin un motivo claro ni una razón. Allí empecé a escuchar oscuridades muy lejanas próximas a las paranoias Crimson y a otros retorcimientos. Solo con los años escuché este disco con la debida frialdad que procede. Se escucha mucho mejor con la mente fría y así evitas entusiasmos innecesarios. No es un disco espectacular. Tiene muchos recovecos, detalles y hasta hermosas melodías. Pero es un álbum que parte de las profundidades. No busques montañas, ni cascadas ni elevados vuelos de aves paradisíacas. Es música surgida de la tristeza y el dolor, pero es hermosa a su manera. El estilo de Pulsar y lo repito, es la calma, la languidez y cuando el ritmo coge algo de vida es siempre en el abandono y la evasión perezosa. Lo explico de esta manera, porque describir la música es siempre algo vago y tremendamente subjetivo. 


El olor a cripta y a humedades se pega en las paredes de piedra mientras lo escuchas. No busques alegría porque no la hay. Sin embargo, tampoco lo definiríamos como desesperación o ira más propio de unos Van Der Graaf. Melancolía es más propio insisto. Música que huye de la “vitalidad” del rock y de la euforia. Pero dicho esto la música es excelente y el lirismo tremendamente marcado. Tiene partes realmente preciosas. Con el paso del tiempo y los momentos inciertos que vivimos quizás no sea malo cierta dosis de desesperanza. Pero realmente que es la música en el fondo sino una parte de nuestras angustias y nuestras desesperanzas.

Alberto Torró








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