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LA ESCENA DE CANTERBURY 5 (Caravan 2)

 Es muy probable que la pieza musical que más veces he escuchado en mi vida sean esos 22 mtos de “Nine Feet Underground” del teclista Dave Sinclair. A la par irían “The Cinema Show” de Genesis, “Song Of Scheherezade” de Renaissance o la suite de “Tarkus” de ELP. Hay muchísimas más claro y más concretamente en la clásica porque no puedo imaginarme un mundo sin “The Lark Ascending” de Vaughan Williams o “El Jardín Mágico” de Maurice Ravel, en definitiva, hay músicas que se pegan a ti de tal manera que ya resultan indivisibles de uno mismo. Todo aquello que nos hace individualmente mejores y nos recarga las pilas para continuar “a salvo” en un mundo adaptado a la “medida” de uno menos contaminado y más lúcido. Que además no nos deprima y estrese más de lo normal y a ser posible que esté completamente aislado del exterior y de la opinión ajena. Casi nada. Hay muchas otras músicas que son un camino estrecho, angosto, pesado y agresivo lleno de gente apretujada. Eso pasa con la mayoría de música rock pesada a palo seco que carga mucho conforme envejeces. Siempre es el mismo carril lineal. El mismo ritmo monocorde. La música rock se parece mucho a la letanía cristiana. Al rosario y a la liturgia. Una salmodia aburrida repetida y constante en un túnel oscuro con escasas salidas. Una religión. Un ritual para pertenecer y formar parte sectaria del grupo o la tribu de turno. “No hay que entrar, hay que salir” Escapar.




La cosa cambia cuando la música abre espacios en tu mente. Cuando el camino se ensancha y las dimensiones se amplían. En eso precisamente consiste lo “sinfónico-progresivo” el lado más individual de la música: en la que no tienes ni paredes ni techos a tu alrededor y ni siquiera lealtades que cumplir ni consignas de partido ni pertenencia a nada ni a nadie. Las etiquetas son cargantes lo sé, pero nos hemos empeñado en definir de una manera absolutamente todo con relativo acierto. Hay buena y mala música. Abrumadoramente mayoritaria la segunda. Nada más. Etiquetamos para definir, aunque la mayor parte de las veces esa “definición” no dice ni aclara nada. Todo lo conceptuamos, lo encasillamos y además de manera inconsciente lo complicamos para que a su vez sea lo más confuso posible. Que peculiar es la condición humana.


El gusto personal es lo más relativo que existe. Ahí no hay discusión. Lo malo o lo bueno va a depender de la sensibilidad, el conocimiento, la cultura, la educación, la reflexión, la manera de ser y el carácter de cada uno. Lo que escuchas y lo que te gusta va a determinar en qué nivel de evolución homínida estas. Un sarcasmo sutil pero desgraciadamente real.

“In The Land Of Grey And Pink” de 1971 es el tercer álbum de Caravan y será el que los haga pasar a la leyenda prog en las décadas siguientes. Para mi gusto este es indivisible del anterior y probablemente este sentimiento viene en que ambos discos fueron editados en doble formato en España y así los escuché. Lo mismo pasará con los otros dos siguientes en una edición de 1975 como comentaré más adelante. “InThe Land…” no es un álbum redondo en su conjunto. Para mi hay piezas flojas como “Golf Girl” o Love To Love You” que son ejercicios de pop rock demasiado ligeros. La canción título es válida pero no concluyente. Este disco es lo que es por la maravillosa y campestre “Winter Wine” y la suite de “los nueve pies bajo tierra” y sus ocho partes que son fácilmente definidas. La capacidad melódica en estas piezas y el inacabable e imaginativo sonido de los teclados lo harán inmortal en el imaginario progresivo y con toda la razón. La combinación de dos voces tan distintas como son Pye y Richard le darán el carácter y la personalidad necesaria para que este disco no falte en las estanterías de toda “mente imaginativa abierta” y que no sea una mera pieza olvidada de coleccionista. Tengo mis dudas de que los melómanos coleccionistas escuchen detenidamente la música que acumulan y a veces creo más bien que solo son objetos que terminan cogiendo polvo como un trofeo deportivo o un viejo álbum filatélico y no creo que me equivoque.

En 1972 las desbandadas en la escena canterburiana serán la tónica constante. Sacan discos entretenidos, pero como culo inquieto pronto se cansan y se aburren y los intercambios idas y venidas entre sus miembros será la norma habitual. No se puede hacer nada. O los quieres como son o los mandas a paseo.

Como pragmático racionalista yo nunca he creído en la buena o mala suerte y mucho menos en el destino. Todo lo que nos ocurre en esta vida es por nuestra culpa y nuestra mala gestión. Las posibilidades matemáticas de que algo malo o bueno suceda por estar en el día, hora o sitio equivocado son realmente escasas. Son la excepción no la norma.

 Lo que creemos complicado y caótico en la vida en realidad no lo es tanto. Lo es nuestra incapacidad de hacer correctamente las cosas. Nuestra falta absoluta de sentido común y lucidez. En el mundo de la música esto es una constante. No se piensa con frialdad sino con el capricho de la emoción o la ocurrencia. Los animales no la cagan tanto. Nosotros constantemente.

David Sinclair los abandona después de sacar el mejor disco. Haciendo paralelismos lo mismo hizo Bill Bruford con Yes después de “Close To The Edge”. Perfecta manera de cargarse una banda en su mejor momento. Ahora que lo hemos conseguido me largo porque tengo otras inquietudes y bla bla bla. Esto cabrea. Es irresponsable y caprichoso. Por eso digo muchas veces medio en broma y en serio de que los músicos en su vida interior son gente maniática inestable e insoportable. Casos cantamañanas de estos hay unos cuantos. Es lo que hay.




Después de un disco clave como “In The Land” y sin su compositor principal se integra el pianista Steve Miller. Su hermano Phil también aparecerá más adelante. Sin el órgano fuzz canterburiano y sin sus imaginativas galerías sonoras de marca registrada se meten en el estudio y dan a luz el mediocre “Waterloo Lily”. Miller viene de otra banda llamada Delivery y su estilo es más blues jazz convencional centrado en el piano eléctrico. Salvo la suite melódica “The Love In Your Eyes” que afortunadamente rescatarían y mejorarían posteriormente el resto aburre a los culebrones estreñidos. Hay algún video por Youtube donde lo podéis comprobar. No es que sea un mal disco, por supuesto, pero para mí no es Caravan, es más bien una banda inocua de jazz rock. Primer paso en falso. No será el único. El resultado es una desbandada quedándose el batería Coughlan y el guitarra Hastings en cuadro. Pasarían varios miembros inestables como el bajista Stu Evans y el teclista Derek Austin y se incorporaría de manera definitiva el violinista Geoffrey Richardson que sería de una importancia clave en el nuevo sonido de la banda ya como quinteto de paso hasta 1973 donde vuelven a recuperar al nómada David Sinclair y a un bajista llamado John G. Perry. Richard Sinclair se ha largado para emular a su primo y montar a los “Hatfield and The North” que vendrán más adelante. 

En un incestuoso ambiente musical y sin vaselina los miembros de una y otra banda de la Escena de Canterbury intercambiarán sus miembros según les dé día y hora y según el rato que se peguen en el pub y las birras que lleven. Nada que objetar. Ya nos vamos acostumbrando.

En el 73 un inestable Dave Sinclair que ha estado rondando juergas con Wyatt y sus Matching Mole volverá al redil de Caravan lo que a su vez provocará la salida de su primo Richard que se va de bajista a los recién formados Hatfield and the North. Los que entran por los que salen. Pye Hastings y Richard Coughlan reforman de nuevo Caravan incluyendo dos nuevos miembros: Geoffrey Richardson a la viola, violin, flauta, guitarra y lo que le echen y el bajista John G. Perry. Ambos músicos experimentados con aventuras anteriores. En los meses previos pasaron algunos músicos que no terminaron de cuajar. 




Graban el nuevo “For Girls Who Grow Plump in the Night” aquí por estas tierras conocido entre amigos como.. “el de la embarazada” y con un nutrido grupo de colaboradores para darle ligero color orquestal. Cierto es que vuelven a recuperar las melodías y el “estilo british” con atractivas canciones rozando el pop pero la calma anterior y el encantador sonido del “In The Land” jamás volverá. La banda suena ahora más rock y más prog quizás que antes y también hay más prisas y velocidad en las composiciones. Ni bueno ni malo. Diferente si acaso y bastante atractivo.

El riff de inicio de “Memory Lain, Hugh” cambia por completo la imagen anterior. Es un Caravan más potente y el teclista Sinclair añade sintetizador al resto de su equipo. Recuerdo comprar este vinilo en 1976 en la tienda Transbord (Andorra). En una primera escucha me pareció escuchar a una banda diferente. Esos órganos canterburianos ya apenas sonaban, pena penita, sin embargo, el disco era muy agradable y melódico y me hacían gracia piezas como “The Dog, The Dog, he´s at it Again” y otras muy entretenidas como “L´auberge du Sanglier… etc”. La verdad es que lo sigo escuchando ocasionalmente porque no ha envejecido mal.




Esta misma formación grabaría “Caravan and The New Symphonia” en 1974 con una orquesta del mismo nombre dirigida por Martyn Ford. Este fue un live algo polémico porque se nota cierta falta de cohesión entre la banda y la orquesta. Creo que apenas hubo ensayos previos y eso se nota. Mucho mejor la versión CD donde está el concierto completo y sin la limitación de tiempo del vinilo. Hay buenas piezas inéditas como “Mirror for the day” y “Virgin On The Ridiculous” aunque esta última la prefiero en versión estudio y sin orquesta, aparecida posteriormente en recopilaciones futuras y en grabaciones para la BBC. La moda de llevar orquesta en directo para acompañar a una banda de rock la iniciaron Deep Purple y prácticamente hasta nuestros días. Casi todos grupos más o menos famosos lo han hecho. Unos con mejor fortuna que otros.

Continuará

Alberto Torró



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