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 La música siempre ha servido a grandes rasgos generalmente para dos cosas y es importante captar la sutil diferencia en ambas.  Por una parte, está principalmente “para llenar el tiempo” y por la otra “para usar ese tiempo” porque se supone que todos entendemos lo que es decorativo visual y aquello que abriendo sus puertas nos ofrece un mundo dentro de sí mismo. Por lo general toda la música y el arte en concreto ha ido perdiendo ese “mundo interior” para cambiarlo por ese objeto funcional “que está ahí” pero no tiene ninguna función aparte de llenar un espacio vacío. Al igual ocurre con la música actual que solo tiene el propósito de romper el silencio y molestar lo más posible para evitar toda respiración y calma. Porque un mundo sin ansiedad ni estrés no es bueno para ningún negocio.  A poco que uno use la “atalaya” que llevamos encima de los hombros se habrá dado cuenta que todo está pensado y orientado para “no pensar” “no sentir” y por supuesto no “cuestionar” porq...

ALLAN HOLDSWORTH - Road Games (1983, Warner Bros)

Durante la segunda mitad de los 70, y más concretamente entre el espacio que comprenden los años 1976 y 1978, Allan Holdsworth fue considerado como uno de los creativos guitarristas más aventajados dentro de la fusión jazz y los movimientos instrumentales dentro del rock experimental. Sus brillantes colaboraciones con músicos de renombre como Jean Luc Ponty o Bill Bruford se convirtieron en una carta de presentación más que valida para su emergente carrera en solitario. 



Aun así, en 1976 se edita un álbum firmado por Holdsworth que podía haber dado al traste con sus sueños de gloria tras las seis cuerdas. Velvet Darkness es el borrón en un expediente que aún se estaba por escribir. Un disco flojo y sin concreción alguna, igual que un juego absurdo mal digerido. A excepción de una parte acústica salvable, el resto carecía de encanto alguno. Allan siempre aseguro que jamás debían de haber salido a la circulación dichas grabaciones, ya que eran simples ensayos.


El guitarrista montó entonces junto a Bill Bruford, Eddie Jobson y John Wetton los UK, consiguiendo así formar uno de los considerados como últimos bastiones del rock progresivo clásico de los 70. Aunque el verdadero lanzamiento bajo su propio nombre, Allan Holdsworth, no llegaría hasta el momento en que inicia camino junto a otros dos instrumentistas ingleses: el baterista Gary Husband y el bajista Paul Carmichael. Sería acompañado de ellos con los que Allan editaría I.O.U., un trabajo que abre nuevos caminos para la por entonces naciente fusión moderna, escarbando en las arenas de la en ocasiones encorsetada guitarra eléctrica. Un disco excelente que únicamente cojeaba en el campo vocal. Muchos seguidores del género y del guitarrista no entendieron la participación de Paul Williams tras el micrófono. Sin embargo, y aunque para algunos el ex Tempest no lograba estar a la altura en cuanto a lo que el trabajo vocal se refiere, la grabación posee verdaderos momentos de genialidad sobresaliente en ese punto en el que lindan el jazz y el rock progresivo.


Seguramente pocos podrían imaginar que aquel jovencito mañoso ante la guitarra, amante confeso del trabajo realizado por maestros clásicos del jazz como Django Reinhardt, Charlie Christian y John Coltrane, terminaría convirtiéndose en uno de los nombres sin el cual no podríamos hablar del neo jazz o jazz fusión. Road Games es el tercer paso de esta caminata en solitario, un álbum que llegaba tras un claro intento por parte de su autor de demostrar a la industria que podía moverse como pez en el agua en los más diversos movimientos musicales. 


Y bien claro lo había dejado, sobre todo gracias a colaboraciones en redondos de compañeros como Gordon Beck o Bill Bruford, sin olvidarnos de lo que un año antes había sido su segunda obra en libertad, aquel aclamado I.O.U. Así que, para seguir regenerando la corriente, Holdsworth se sumerge en un Road Games en el que presenta en bandeja de plata todas las influencias de las que ha podido beber a lo largo de aquellos interminables días de carretera.



Además, e intentando darle un aspecto más colorista al disco –musicalmente hablando–, el guitarrista invita al festín a la crema de la crema: Jeff Berlin, Jack Bruce, Chad Wackerman, Paul Korda y Joe Turano, amigos que, junto a Allan y a su por entonces mano derecha Paul Williams, graban un elepé a la altura de las circunstancias. Aun así, y como para gustos están los colores, algunas voces se alzaron para criticar cierta falta de originalidad, una pérdida de frescura que parecía apoyarse en la facilidad que ofrece el contar con una plantilla de tan prestigiosos músicos a la hora de elaborar y reproducir nuevas canciones. En cualquier caso, Road Games ha quedado en la historia de este guitarrista como una de las primeras joyas en solitario sobre las que construyó su precioso palacio de cristal jazzístico.

Sergio Guillén

sguillenbarrantes.wordpress.com

 










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