CRONICAS DE LA RESISTENCIA: Magenta: Tarot (2026)
Es muy curiosa la paradoja del tiempo. Tanto en la música como en el devenir diario que sucede cada vez más rápido, asistimos al proceso del pasar los años y como conforme envejecemos vamos dejando lastre y la cabecita, antaño ingenua o loca, se va adentrando en eso tan difícil de explicar llamado lucidez.
Todo drama mental ya no te sirve para nada aunque resulte muy difícil quitártelo de encima y encontrar ese disco, ese libro o esa película cada vez más escasa que tiene algo que decirnos o alegrarnos el día es lo único que ahora nos interesa y si la implacable anhedonia no ha conseguido dejarnos completamente fríos e indiferentes.
Naturalmente todo seguirá como la rueda y el hámster: el ruido, las novedades, tendencias, snobs, músicas y ocurrencias alternativas y la IA y los logaritmos diseñando tu vida moderna o en el más entretenido de los casos exterminándote como predican por ahí.
La música actual y las bandas que algunos llaman prog parecen encerradas en una habitación oscura sin puertas ni ventanas con un olor a tubería podrida y cadáver en descomposición abandonado insoportable. Al menos bandas como Magenta tratan de ventilar, echar ambientador y tirar de la cadena utilizando escobilla y desinfectante. Que menos.
Manteniendo mi línea de no tomarme nada demasiado en serio aún recuerdo las bromas y los horrores del Rock in Opossition, el IDM (¿?) ambient electrónico o las variantes de pesadilla avantgarde hipertécnicas de la industrial high tech metalera entre otras infinitas etiquetas. Ese gran paquete denominado “música contemporánea”. Pero no olvidemos que todo esto tuvo su origen en los movimientos del ruido como arte que se gestaron a mediados de los 50 con el serialismo, las ocurrencias electrónicas y las torturas aleatorias elevadas a un elitismo tal de considerarte un analfabeto cultural si te atreves a cuestionarlas.
Investigar está bien. La cuestión es en qué sentido y hacia donde, y ahí siempre es más fácil cagarla que acertar. La eterna condición humana.
La decadencia en el arte y la música no sucede de repente ya que su agonía es un proceso lento y engañoso. Quien me iba a decir a mí que aquellas bandas “aficionadas” neo prog de aspirantes a alumnos progresivos en los 80´s y 90´s llegarían a tener un prestigio y un acertado “sentido musical” en el actual presente. Lo admitas o no y haciendo comparativas y símiles gastronómicos, aquella comida era mucho más natural que el alimento ultra-procesado sonoro de las actuales modernas bandas “asperger-progresivas” o con trastorno límite de la personalidad pesadas e indigestas y con la misma sensibilidad que el titanio, el pvc o el acero inoxidable.
Para decir las cosas más claras: encontrar a día de hoy una banda, solista o grupo que emplee la melodía o estructuras musicales que de alguna forma apelen a la emoción o a algún tipo de escucha agradable, es materia complicada e imposible en gran medida. Tiene entonces toda su lógica recurrir a los “clásicos” del género o a los neo-prog más cercanos a ellos.
Hay una diferencia importante que cambia la perspectiva de todo: llegar a una edad en la que ya no eres partícipe de nada y te convierte en observador de todo. No estás en el reparto de actores ni actúas ya en ninguna película. Te quedas en el palco de arriba viendo discurrir la comedia o el drama y ves que esto es mucho más entretenido.
Es un placer haber visto crecer y desarrollarse a muchas de estas bandas que aparecieron entre los 80-90´s. desde los comienzos, hasta la maduración, pero tenemos que ser conscientes de que esto es una especie en extinción.
El prog original hoy apenas tiene una escuela seria que mantenga encendida la llama y al igual que ocurre con la música clásica o el jazz, estilos que cada vez escucha menos gente, acabará desapareciendo.
En el caso de Magenta aguantar un cuarto de siglo sin prácticamente cambiar la orientación y el estilo y sin estar sometidos a presiones externas es francamente de agradecer porque hace falta una fuerza de voluntad firme y claridad de ideas. Leo con frecuencia en los casos de las pocas bandas que son fieles a la esencia comentarios que critican el estancamiento o la falta de evolución en el género. Lamentablemente tengo que decir que cada vez que se ha intentado evolucionar o “modernizar” si lo prefieres este género ha sido generalmente para mal.
Si algo está bien hecho puedes enriquecerlo incluso mejorarlo, pero desgraciadamente todo intento de cambiar, de modificar, experimentar o de hacer algo distinto han resultado en monumentales fracasos o en el caso del metal progresivo desvirtuar completamente el espíritu real de este estilo de música. La música creativa e inteligente tiene los días contados y ya no se puede hacer absolutamente nada y si nadie lo remedia, tanto las tendencias hacia lo inmediato y superficial y por supuesto la IA acabarán por firmar su defunción definitiva.
Ver a Magenta como crecen como músicos y ver refinarse cada vez más en música que aguante el paso de los años, es de agradecer insisto una vez más. Después de 26 años tenemos diez excelentes discos en estudio y bastantes más en directo, el trío Robert Reed, Christina Booth y Chris Fry se han convertido en todo un clásico del estilo y prácticamente en romper barreras hacia una música cada vez más exquisita que encaja perfectamente en concepto prog original y en una refrescante visión de lo clásico y en eso tan delicado de llamar “buena música” concepto por otra parte que nadie entiende de la misma forma, salvo si acaso los que llevan años de experiencia auditiva y con una determinada sensibilidad.
Cada vez más en las composiciones del señor Reed encontramos mayor complejidad armonía y arreglos puramente clásicos que enriquecen esa “etiqueta” tan indefinida a veces llamada “rock sinfónico”. Basta escuchar sus tres últimas entregas con la banda: “Masters Of Illusion” de 2020, “The White Witch, Symphonic Trilogy” 2022 o el reciente “Tarot” de este 2026. No quiero entusiasmarme en decir que rozan la maestría pero casi. A decir verdad tienen escasa competencia.
Desde la Aparición de “Revolutions” en 2001 estos galeses han sabido mantener esa línea de rock sinfónico que muy pocas bandas actuales del modern prog utilizan. Lo sinfónico melódico está en desuso… ¿vaya ya lo dije antes cierto? en parte porque como siempre ocurre existe la manía eterna de reflejar la realidad asquerosa del mundo que vivimos en la música como pretexto artístico. Si todo es ruidoso, caótico, extremo, vertiginoso, malvado, violento, cruel, terrorífico y desagradable no se le ocurre algo mejor al progresivo moderno que reflejarlo sin piedad. El maldito expresionismo realista que tanto daño ha hecho y hace al arte en general en los últimos cien años.
Al igual que el alcohólico, el adicto a sustancias, el enganchado al gimnasio de esteroides anabólicos (otra forma de psico-dependencia), el hater en redes o el amante de sensaciones y experiencias extremas que pongan en peligro su vida, el nuevo rock progresivo parece diseñado para psicópatas o desalmados. Otro triunfo del neoliberalismo deshumanizado.
Lo repetiré hasta el infinito y más allá: la música no se creó para embrutecernos o deshumanizarnos o para ensalzar el mal. Schoppenhauer, Cioran y por supuesto Nietzsche decían que la música era lo más profundo que había creado el ser humano y que solo ella podía mejorar nuestra condición biológica humana de seres mezquinos y malvados. La pura contemplación estética, si quieres. Pero algo tan elevado como ella era muy fácil de adulterar y así fue.
Reflejar el horror del mundo no tiene ningún sentido, pero menos sentido tiene pretender que esto que digo se entienda o se “quiera entender”. Toda inclinación a algo bueno siempre está destinada al fracaso. Los buenos mueren pronto y los malos viven eternamente por eso el mundo tan estupendo que disfrutamos es gracias a los malos. Que cosa tan graciosa.
Terminar buscando esa parcela personal aislada del fuego, el ruido, la furia y la maldad es tarea harto difícil. Huir de la maldita realidad, de la forma que sea, de la manera que sea, inmunes a las críticas y a las voces. Por eso es tan importante escuchar discos como éste. Un paseo sinfónico de diez cortes perfectamente pensados y realizados. Composición musical perfeccionista, fantasiosa. Buscando esa tierra en paz que efectivamente no existe, pero qué, aunque sea en nuestra imaginación algunos necesitamos.
Alberto Torró.
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