CRÓNICAS DE LA RESISTENCIA: Camel Live Royal Albert Hall 2018
La música siempre ha servido a grandes rasgos generalmente para dos cosas y es importante captar la sutil diferencia en ambas.
Por una parte, está principalmente “para llenar el tiempo” y por la otra “para usar ese tiempo” porque se supone que todos entendemos lo que es decorativo visual y aquello que abriendo sus puertas nos ofrece un mundo dentro de sí mismo.
Por lo general toda la música y el arte en concreto ha ido perdiendo ese “mundo interior” para cambiarlo por ese objeto funcional “que está ahí” pero no tiene ninguna función aparte de llenar un espacio vacío. Al igual ocurre con la música actual que solo tiene el propósito de romper el silencio y molestar lo más posible para evitar toda respiración y calma. Porque un mundo sin ansiedad ni estrés no es bueno para ningún negocio.
A poco que uno use la “atalaya” que llevamos encima de los hombros se habrá dado cuenta que todo está pensado y orientado para “no pensar” “no sentir” y por supuesto no “cuestionar” porque el llamado “sentido crítico” y libre pensamiento es lo que más teme la cultura del entretenimiento y el mundo empresarial. Eso de “si nosotros pensamos por ti nos va a ir mucho mejor el negocio”
La música que escuchamos “sin pedirla”, esa que aparece en los medios constantemente, no tienen nada de inocente en su pretendida función social. Este perfectamente diseñada para volverte idiota, al igual que las redes, noticias, el periodismo, los debates políticos o los programas de entretenimiento para engancharte. Todo menos cultura y sentido común
Como suelo recordar a menudo toda información y entretenimiento tanto en tv como en redes está destinada a calentarte la sangre y a crear ira y desconcierto. Mantenerte en perfecto estado de alarma y cabreo y esto por supuesto llega al mundo de la música y no es precisamente algo nuevo.
Aunque a algunos os cueste creerlo todo lo que hemos vivido y nos han contado desde la aparición del rock and roll, la contracultura, la rebeldía, las modas, actitudes y “formas alternativas” hasta el descaro actual, han sido manufacturados, creados y diseñados para el control y negocio, poniendo un límite muy preciso a todo pensamiento y libertad individual.
El rock & roll no fue un movimiento “libertario” ni un espíritu de “cambio” fue un negocio tremendo y un entretenimiento para desviar la atención del convulso mundo de posguerra mundial y lo siento por los más entusiastas idealistas, pero fue así y parafraseando a Bertrand Russell: “Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor”
Precisamente todo lo que conocemos como músicas “especializadas” y todo interés en lo que lleva “trabajo creativo” para hacernos pensar es minoritario por esa misma razón. Lo interesante en la vida requiere tiempo, paciencia y reflexión, incluso tiempo para aburrirse, algo totalmente imposible para la mayoría de las generaciones que exige el impulso de lo superficial y de la inmediatez y de pensar lo mínimo posible.
En lo que respecta al negocio de la música, “ese margen” de combinar el entretenimiento de llenar el tiempo y al mismo tiempo “usarlo” de manera inteligente y útil como enriquecimiento cultural, aunque evidentemente controlado, se encuentra generalmente en los estilos y formas de música que aquí etiquetamos como rock progresivo, rock sinfónico, jazz o música clásica que es ella realmente la madre superiora y origen creativo de abrir esa puerta al mundo interior de la que os hablaba al principio.
Todo lo demás se encuentra en la sección de “complementos”, objetos de usar y tirar o en la vacuidad del delirante y superficial mundo de las redes sociales: ese que precisamente no soporta el aburrimiento, si nos avenimos al presente.
El quinto elemento principal después del agua el aire el fuego y la tierra es la mediocridad. Aunque yo entiendo este elemento como un dique neutro entre los excesos y los abismos y posiblemente necesario. Lo mediocre no molesta por su propia vacuidad. Lo que hay que temer verdaderamente son los extremos.
Camel fue de las bandas británicas un pelín tardías del rock progresivo que supieron combinar en mayor o menor medida naturalmente esa zona intermedia entre el “entretenimiento y el rincón de pensar”. Ni complicados ni comerciales, pero sí accesibles. Sin llegar a ese mundo decorativo excesivamente edulcorado amable e inofensivo sin excesiva dificultad de otros contemporáneos suyos británicos como la Barclay James Harvest, Los Moody Blues, Supertramp, ELO o los Alan Parsons de turno.
Latimer y cia supieron darle a la emoción melódica y al desarrollo instrumental un punto elegante y atractivo que los otros no se atrevieron a hacer o no quisieron porque eso habría bajado en ventas. La mayoría de la gente que escucha música no quiere complicaciones quiere algo funcional que no le obligue a pensar demasiado.
La historia de esta banda es un ejemplo de la fuerza de voluntad de un solo hombre. Pocos músicos han tenido el aguante de este guitarrista británico y pocos también las han pasado tan canutas. Batallas legales, cambios de modas, problemas serios de salud y algún compañero de banda poco recomendable y conflictivo.
Camel atravesó la crisis comercial del cambio de décadas como casi todos los colegas del estilo progresivo y vivió el desprecio y el ostracismo durante varios años. Aparecían y desaparecían hasta el punto de que su último trabajo en estudio con muchos altibajos anteriores data de 2002 si no contamos alguna revisitación de viejos discos como hizo con Snow Goose en 2013. Mantuvo eso sí, cierta continuidad en directo con su compañero de fatigas Colin Bass y con músicos ocasionales. Hasta el punto de convertirse en una banda de culto solo para sus incondicionales.
Andrew Latimer es de esos guitarristas emocionales del progresivo sinfónico casi diría que único en su especie, aunque inevitablemente se le haya comparado con Gilmour y Hackett en multitud de ocasiones. Curiosamente si lo escuchas detenidamente a veces se parece más al Santana emotivo y melódico que a los mencionados sin que la música de ambos tenga algo que ver en absoluto. Un inglés y un latino son antagónicos musicalmente no obstante ambos comparten esa base blues-rock en la forma de tocar la guitarra con esos sostenidos largos y esos silencios incluso hasta ese toque de ternura sonora de hacer cantar la guitarra a veces parezca igualarlos.
La época que abarca Dust and Dreams, Harbour of Tears, Rajaz y A Nod and a Wink posee una especie de toque cinematográfico y yo la encuentro mucho más sinfónica que discos anteriores. Los pasajes instrumentales intrincados y ese toque ambiental descriptivo ya en su propio sello lo liberaron de compromisos y de modas.
Sin embargo como el “eterno retorno” que decía Nietzsche la nostalgia siempre vuelve y algunas cosas se repiten aunque en esta ocasión fue para bien.
Aunque esa extraña leucemia llamada Mielofibrosis lo tuvo amargado y retirado bastantes años volvió a la carretera algo mejor de salud en octubre de 2013 en el Barbican de Londres y para regocijo de sus fans y seguidores con un estupendo set list histórico de su época setentera con “The Snow Goose” renovado. La grabación se llama “In From The Cold”. Continuó la gira por Japón en 2016 con el estupendo “Ichigo Ichie” y ya definitivamente el que nos ocupa en esta reseña como el “Live At The Royal Albert Hall” de 2019 que me temo es y será el canto del cisne de esta banda como tal.
La fecha de grabación de este evento data del 17 de septiembre de 2018. En lo personal debo reconocer que en directo es de las pocas bandas que resultan emotivas. Colin Bass nos dijo en una ocasión - ya que él y su banda en solitario con los polacos Quidam, llegaron a tocar en Zaragoza, gracias a un colega, por aquel año 1999 - que Andy era un perfeccionista al que le gusta el sonido ya no solamente claro, sino cristalino. Esto puedes comprobarlo medianamente y con naturalidad en las referencias que acabo de nombrar. El hecho de incorporar al teclista y vocalista Peter Jones fue un total acierto porque esta persona además de ciega de nacimiento con pinta de bonachón posee los atributos que esta música necesita: sensibilidad , delicadeza, gusto exquisito y desarrollo técnico que roza la perfección y al lado de un baterista tan preciso y detallista como Denis Clement, todo transcurre y brilla con precisión y claridad porque no hay nada más desagradable en este mundo que escuchar a bandas ruidosas y sucias que además son legión. Otro punto a destacar es que Camel nunca necesitó una parafernalia ni aditamentos grotescos y despampanantes en su puesta en escena. Nada de grandilocuencias y pirotecnia. Salían a tocar su música en un escenario sobrio y elegante y nada más.
El Royal Albert hall visto por fuera parece un coliseo romano. Con su impresionante cúpula es marca indeleble de la época victoriana y centro de conciertos como el afamado BBC Proms tanto de clásica como de jazz y otros eventos culturales siempre dentro de un exquisito nivel.
No imagino a ningún broncas en ese escenario y espero no equivocarme.
El programa camelero de tal evento lo integró una preciosa interpretación al completo del “Moonmadness” y otros temas como la inmortal “Ice” que desarma el espíritu más sensible, más algunas piezas de los discos más recientes y un final con la Chica Fantasía. Precioso concierto con cinco estrellas rotundas lleno de nostalgia evidentemente y magnífico recuerdo de lo que es el rock progresivo cuando se hace con honestidad, educación, nobleza y sentimiento. Términos completamente desfasados. Sí ya lo sé.
Alberto Torró
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