BATERISTAS EN LA SOMBRA Cap. 54: Harald Grosskopf: el baterista que hizo respirar a la Escuela de Berlín
Dentro de la inmensa historia del rock progresivo europeo existen músicos cuya influencia resulta desproporcionadamente mayor que su popularidad. Son artistas que no ocuparon portadas de revistas, no llenaron estadios ni se convirtieron en iconos mediáticos, pero cuya aportación cambió silenciosamente la forma de entender la música contemporánea.
Uno de esos nombres es Harald Grosskopf. Para muchos aficionados al rock progresivo, su nombre está inevitablemente asociado a la escena berlinesa de los años setenta, a Ash Ra Tempel y a sus colaboraciones con Klaus Schulze. Sin embargo, reducir su carrera a esos proyectos sería simplificar enormemente la trayectoria de uno de los bateristas más personales surgidos en Europa.
Harald Grosskopf nació el 23 de octubre de 1949 en Hildesheim, Baja Sajonia (Alemania). Creció en una Alemania todavía marcada por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, en un contexto social que favorecía la aparición de una nueva generación de artistas decididos a romper con cualquier dependencia cultural anglosajona.
Aquellos jóvenes no querían copiar a los grupos británicos ni estadounidenses. Querían crear un lenguaje propio y lo consiguieron.
Como tantos músicos de finales de los años sesenta, Grosskopf comenzó fascinado por el rhythm & blues británico, el rock psicodélico y el jazz moderno.
Muy pronto descubrió que la batería podía desempeñar un papel diferente al habitual. Mientras la mayoría de bateristas entendían el instrumento como un simple acompañamiento rítmico, Harald empezó a imaginar la batería como un generador de espacios. Lo que realmente buscaba era construir atmósferas, y esta idea marcaría toda su carrera.
A comienzos de los años setenta se incorporó a Wallerstein, uno de los grupos fundamentales del progresivo alemán. Aunque nunca alcanzaron la repercusión internacional de Can o Tangerine Dream, su importancia dentro de la escena fue enorme.
En Wallenstein, Grosskopf comenzó a desarrollar un lenguaje absolutamente personal. Su batería ya mostraba algunas características que después serían inconfundibles.
La dinámica en su concepción expresiva se convertía en un elemento compositivo. Cada golpe parecía colocado exactamente donde debía estar. Era poseedor de una técnica basada en la inteligencia.
Analizar técnicamente a Harald Grosskopf resulta especialmente interesante porque rompe con muchos tópicos asociados al rock progresivo. Mientras otros bateristas de su generación construían enormes estructuras de gran complejidad técnica, él optaba por otro camino. Su independencia entre manos y pies era extraordinaria. Sin embargo, jamás utilizaba esa independencia para impresionar. La utilizaba para sostener largos desarrollos musicales.
Su bombo permanecía constante mientras la caja evolucionaba lentamente. Los platos no aparecían como explosiones permanentes. Entraban únicamente cuando la arquitectura de la composición los necesitaba. Probablemente, en este sentido recuerda más a un pintor impresionista que a un virtuoso del rock.
En su lenguaje pueden identificarse influencias muy diversas.
El minimalismo, la música repetitiva, la psicodelia alemana... Las primeras corrientes electrónicas.
Pero quizá la influencia más evidente sea el concepto del tiempo. Grosskopf entiende el ritmo como una corriente continua y no como una sucesión de golpes.
Escuchar cualquiera de sus grabaciones produce una sensación muy particular. La batería nunca empuja ni arrastra. Simplemente fluye. Y precisamente ahí reside su enorme dificultad técnica. Mantener esa estabilidad durante desarrollos de diez o quince minutos exige un control extraordinario.
Su sonido siempre fue elegante. Caracterizado por apostar por elaboración de crear bombos muy redondos, cajas afinadas con bastante sensibilidad, toms abiertos y platos oscuros, ricos en armónicos. Jamás persiguió el sonido seco propio del rock duro. Necesitaba que la batería respirase, y para que esta, conviviera con los sintetizadores sin luchar contra ellos. Esta forma de entender la afinación fue decisiva cuando comenzó a colaborar con los grandes arquitectos de la electrónica alemana.
Su incorporación al universo de Ash Ra Tempel supuso un punto de inflexión. Allí encontró el entorno perfecto para desarrollar una batería mucho más atmosférica.
La música dejaba de organizarse mediante canciones tradicionales.
Ahora eran largos viajes sonoros. Improvisaciones. Paisajes. Meditaciones musicales.
En ese contexto, Grosskopf comprendió que la batería podía convertirse en un instrumento casi hipnótico. Su misión ya no era marcar el compás. Era sostener el viaje dentro del arte de tocar poco.
Existe una enorme diferencia entre tocar poco porque no se puede tocar más y tocar poco porque se sabe exactamente qué necesita la música. Harald pertenece claramente al segundo grupo. Cada silencio suyo tiene intención. Cada pausa crea tensión. Cada entrada modifica el paisaje sonoro.
Esa economía de recursos recuerda, en cierto modo, al arte de Jaki Liebezeit, aunque el carácter de Grosskopf es mucho más lírico y flotante.
Harald Grosskopf representa una de las grandes figuras ocultas de la batería europea. Fue un escultor del tiempo.
Escuchar sus grabaciones exige paciencia. Pero quien entra en su universo descubre una forma completamente distinta de entender el ritmo.
Luis Arnaldo Álvarez (Baterista y Locutor profesional independiente
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