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WOBBLER - Rites At Dawn (2011)

El otro día medio en broma medio en serio comentaba con otro viejo amigo confinado como yo en el viejo arte de las musas divinas inspiradoras (ya muy ajadas) de que en realidad la música no había avanzado nada en los últimos 40 años. Así de rotundos y flemáticos nos pusimos. Batallitas de sexagenarios. 


En realidad, las tecnologías conforme corrían los tiempos iban “enmascarando” las mismas estructuras sonoras para darles una pátina de modernidad y de rabiosa actualidad. Sin embargo, conforme los medios avanzaban la imaginación disminuía y las musas ya con necesidad de botox y cremas antiarrugas, cada vez hacían menos acto de presencia, hasta llegar al punto de los tiempos actuales para certificar su fallecimiento. La llamada música tecnológica y digital tuvo mucha culpa de ello porque al músico lo volvió cada vez más vago. En su momento hacer marcianadas con sintetizadores y secuenciadores fue muy cool y divertido. Tenía/tiene su gracia, pero no para tomarlo demasiado en serio por mucho que nos guste a los que por aquí escribimos cada semana. Luego se emplearon para las pistas de baile y hoy ya solo para cubrir el coeficiente cero de la vergüenza, el mal gusto y el vacío cerebral. Hay que tener en cuenta que el porcentaje de sensibilidad para la música de cierta calidad en la población mundial puede que no llegue ni al 5%. No es un drama en absoluto tan solo una realidad neutra y un frío dato estadístico. El resto está en términos de mainstream o “corriente popular” porque también debe de existir para entretenimiento general. Si nos vamos a la música “elitista”, el fraude siempre está presente con sus falsificaciones, fuegos fatuos y sobre todo mucho aburrimiento. Todo está inventado. La cuestión está en aprovechar inteligentemente el enorme legado y aquí patinamos constantemente. Puede que en mi caso sea un ejercicio de nostalgia, lo cual admito sin problemas y no es nada fácil contentar el oído añadiendo además el peligro del hastío y cansancio conforme avanzas en edad y los más mayores sabéis de que hablo.

Los que realizan “música prog antigua” como en el caso de los noruegos Wobbler nos aseguran al menos una audición agradable y entretenida. Lo hacen por puro placer. ¿Qué fundamento más lógico si no tendría la música?. Tocar música deprimente y oscura por muy progresiva que sea para mortificarse relatando lo malito que está el mundo, no tiene sentido al menos para mí. Cualquier forma de arte que exprese las miserias de la vida carece de sentido porque para eso ya están las crónicas de la historia y sus atrocidades. Maurice Ravel decía que no había ninguna necesidad de expresar lo feo en música. Todo puro arte es evasión de la realidad y una potenciación de la fantasía y la imaginación. Los de Canterbury por ejemplo jamás se tomaron en serio nada de lo que hacían y sin embargo lo hacían de puta madre siempre que hubiese cerveza, vino, comida, humor idiota y buen ambiente y lo demás venía por añadidura. Gente natural y ciertamente loca, porque la locura es un bien común siempre que no jodas a nadie y te rías del mundo.


Wobbler hicieron su tercer trabajo en 2011 y como era de esperar no defraudaron, sino que subieron el nivel. Siete cortes componen este disco con una fuerte influencia ya en el segundo tema “La Beltaine” de los primeros Yes. Esto se nota bastante más quizá en las armonías vocales que en la composición porque curiosamente cuando lo escuchas no es una copia sino una forma de reinterpretar el estilo, no olvidemos que también los manierismos a la Gentle Giant no andan muy lejos. Pero todo suena a fresco y diáfano. La instrumentación sigue siendo la misma que en los álbumes anteriores. Todo analógico con denominación de origen y han conseguido un sonido realmente claro, producto de una mejor producción. Los teclados están fantásticos porque yo no entiendo un grupo progresivo que no lleve teclados y no haga un uso exhaustivo de ellos como debe ser. Es lo que le da riqueza al estilo por pura lógica. “In Orbit” es espectacular en este sentido con unas partes magistrales. Luego podemos deleitarnos con los siempre pasajes pastorales que incluyen en cada uno de sus discos y los constantes vericuetos instrumentales para que no te duermas o bosteces como en las entretenidas “A Faeries Play” o “The River”. Es progresivo clásico muy bien hecho y eso siempre suele ser una apuesta segura.
Alberto Torró









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